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UNION SAFA advierte del impacto del juego en menores y reclaman atención específica para mujeres con problemas de adicción.

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Claves prácticas para transversalizar la perspectiva de género en los tratamientos de adicciones

24.02.2022 12:26

Qué significa trabajar desde perspectiva de género?

Según el Informe Mundial de Drogas de UNODC de 2019, el número de personas que usan drogas es un 30% más alto que en el año 2009. Se estima que alrededor de 35 millones de personas tienen un trastorno por consumo de drogas, lo que significa que podrían requerir tratamiento en algún momento. Sin embargo, la disponibilidad de servicios de tratamiento sigue siendo limitada a nivel mundial. Solo una de cada siete personas con consumos problemáticos recibe tratamiento cada año, y solo una de cada cinco personas en tratamiento es una mujer. Existe una brecha de género innegable en el acceso y la permanencia de los servicios específicos de adicciones y es necesario analizar con detalle porque esto sucede.

La perspectiva de género es un marco analítico y comprensivo que permite hacer el análisis de la situación actual, analiza las construcciones culturales y sociales atribuidas históricamente al constructo de hombres y mujeres, reglando lo que se identifica como lo masculino y lo femenino. Esta perspectiva pretende discernir y hacer visibles los condicionantes culturales y sociales que pesan sobre las desigualdades y que generan identidad. Este marco analítico, nos permite reconocer las relaciones de poder que se dan entre los géneros, en general favorables a los varones como grupo social y discriminatorio para las mujeres. Es necesario identificar que dichas relaciones han sido constituidas social e históricamente y son constitutivas de las personas y su interpretación de la realidad, y que esto atraviesa todo el entramado social y se articulan con otras relaciones sociales o ejes de vulneración, como las de clase, etnia, edad, orientación sexual y religión (interseccionalidad).

En el ámbito de las adicciones es fundamental introducir la Perspectiva de Género, dado que permite entender las relaciones específicas que los hombres, las mujeres y otras identidades de género mantienen con las substancias. Actualmente, sabemos que ellos y ellas responden a condicionantes sociales y culturales diferentes, por lo cual, cualquier análisis, estrategia o acción que se quiera iniciar ha de ser pensada en estos términos. Tener una mirada rígida del consumo y percibir a la población como un todo homogéneo y estático, lleva a una percepción androcéntrica de la situación que no permite realizar una intervención integral y específica.

¿Cuáles son las principales barreras de género en el ámbito de las adicciones?

La ONU en el informe específico sobre el tratamiento del abuso de sustancias y la asistencia a las mujeres con problemas de consumo de sustancias de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito del año 2005,  ya señaló la presencia de los siguientes obstáculos o barreras para el acceso al tratamiento de las mujeres con la siguiente clasificación:

  1. Barreras del sistema. Son los factores que impiden el establecimiento de servicios adecuados a las necesidades de las diferentes identidades de género, como es el caso de la escasa presencia de mujeres en puestos de toma de decisión política, la falta de perspectiva de género en la esfera de toma de decisiones, etc.
  2. Barreras de tipo estructural. Es el caso de tener la responsabilidad directa del cuidado de los hijos y carecer de una persona cuidadora alternativa, ausencia de servicios específicos para mujeres embarazadas, la variable consumo como un riesgo de retirada de custodia de los/las hijos/as, horarios y normas rígidas en los programas y la deficiente detección y derivación del problema desde la Atención Primaria asociado a la hipermedicación con psicofármacos a la población de mujeres y la desconexión de las redes que trabajan problemáticas que coexisten en una misma persona (Atención primaria Salud mental, red de violencia y red de infancia entre otras).
  3. Barreras sociales / culturales y personales. La estigmatización que asocia al sentimiento de vergüenza y culpa debido a la transgresión del rol de género, motivación / voluntad, preocupación por la confidencialidad del tratamiento, la baja percepción o aceptación del problema, exposición a violencias, escasa red social y consumo invisibilizado relegado al ámbito doméstico, mayor deterioro social, bajo apoyo de familiares y amistades, menor independencia económica y la desconfianza respecto a la eficacia de los tratamientos.

Otras autoras (Martínez y Arostegui, 2018) proponen una clasificación diferente y probablemente más esclarecedora haciendo la distinción entre: obstáculos relacionados con el modelo de atención y barreras de género.

Las vidas de las mujeres drogodependientes entraman una serie de situaciones que limitan el acceso, la adherencia y la eficacia de los tratamientos (UNODC, 2005) y que deben ser tenidas en cuanto en un abordaje realmente integral. En la infografía realizada por Dianova y la WFAD “El camino a seguir” en 2021 se recogieron las principales barreras de género para el acceso y la permanencia en los servicios y programas de adicciones, así como propuestas para sortearlas y reducir su impacto.

¿Cómo aterrizamos todo esto a la práctica?

En cuanto a los obstáculos relacionados con el modelo de atención, tenemos mucho margen de maniobra para llevar a cabo acciones que incidan en la realidad y que ayuden a conseguir un cambio social real. Los programas, en general, carecen de perspectiva de género, lo que supone no tener presente las necesidades específicas de las mujeres tanto en el diseño como en el desarrollo o ejecución de los programas (ONU, 2005: 63). Estas carencias son debidas a la falta de reconocimiento de las diferencias de género por parte de quienes planifican la intervención y por considerar como objetiva la subjetividad masculina. En general carecemos de modelos y procedimientos de intervención más adecuados para el tratamiento de los problemas de adicciones en las mujeres debido al fenómeno de la opacidad  de género, es decir, cuando se presupone que tanto el conocimiento como las actuaciones que de él se derivan han sido diseñados con el fin de beneficiar a las personas en conjunto, sin que quepa distinción entre mujeres y hombres, u otras diferencias. Se tiende a pensar que todas las intervenciones que no hacen expresamente una distinción de género son neutrales o no sexistas, es decir, que no se apoyan en un conocimiento sesgado ni generan efectos desiguales entre las personas. Pero esto no es real, el género y sus condicionantes, como otros ejes de privilegio/opresión, atraviesan la vida de las personas. El conocimiento o las intervenciones supuestamente neutrales sí pueden generar efectos negativos en la vida de mujeres y de hombres y en las relaciones que se establecen entre ambos.

A continuación mencionaremos una serie de dimensiones fundamentales a tener en cuenta en el diseño e implementación para los programas en clave de género. Invito a la lectura del instrumento desarrollado por la Federación Catalana de Drogodependencias (2020) donde se despliegan numerosos indicadores de perspectiva de género en diferentes niveles como son: Las direcciones de las entidades sociales, las direcciones de los programas, los equipos profesionales de los programas de tratamiento y la opinión de las personas usuarias que realizan estos tratamientos. Es fundamental evaluar indicadores de diferentes niveles ya que no siempre hay concordancia entre el grado de implantación entre ellos, es decir, no es transversal. Para realizar acciones concretas es necesario saber de dónde partimos.

Como primer indicador deberíamos plantearnos como está “la igualdad” entendida en términos generales desde la dirección de la entidad, es decir, ¿Hay un plan de Igualdad? Si lo hay, ver si se aplica el mismo de manera real. En el caso de las personas que pueden considerarse expertas en género dentro de la entidad, fijarnos si ocupan puestos de decisión estratégicos dentro de la entidad o son personas técnicas de programas en las cuales se deposita un peso que debería partir de la estructura, además que una larga lista de tareas que ya tienen por descripción de puesto. Otra cuestión es el lenguaje y las imágenes no sexista e inclusivas, desde el diseño de la web y los contenidos institucionales, pasando a como se redactan los correos electrónicos y llegando a que discursivas se permiten o no (tanto de personas usuarias como de equipo profesional) en espacios formales e informales en los recursos de tratamiento (sobre todo los residenciales).

Un aspecto fundamental es la formación de las personas que forman parte de las entidades, sobre todo de las personas que se ven implicadas en procesos de intervención directa con personas en programas de recuperación. La formación debe ser vivencial y significativa, es decir, que impliquen una serie de horas que realmente permita crear espacios de reflexión y creación de nuevas estrategias, no cápsulas de formación fugaces que incluso puede contribuir al riesgo de esencializar los contenidos hasta tal punto de crear intervenciones con un impacto negativo lejos de la intención inicial. Es por eso que la supervisión es muy importante a la hora de acompañar a los equipos en el proceso de transversalizar la perspectiva de género. Al hilo de la supervisión, es primordial entender e identificar cuáles son las actitudes de los equipos profesionales respecto a la perspectiva de género, si es una cosa que se asume como primordial para crear espacios terapéuticos más justos, si se concibe como una moda o una imposición, e incluso que dinámicas se pueden llegar a producir en los espacios de trabajo si estas miradas diferentes coexisten. Abordar las discursivas que desacreditan la perspectiva de género argumentando que el rigor profesional tiene más que ver con “no distinguir géneros” y en continuar con las líneas de trabajo “de siempre” es muy importante antes de seguir dando pasos en los cambios de diseño e implementación del programa. Hay que trabajar primero las resistencias de los miembros de los equipos para que luego los procesos sigan un curso adecuado sin el coste emocional que podría implicar para las personas implicadas. En cuanto al diseño del programa es importante la adaptación de contenidos y actividades en clave de género ¿De qué se habla y cómo? ¿Qué espacios deben ser mixtos y cuáles no? ¿Quién modera qué actividades? ¿Las personas tienen la formación adecuada para hacerlo? ¿Hay perspectiva de género en el diseño de los contenidos del taller “X”?. Estamos poniendo énfasis en los espacios formales, pero tan importantes también lo son los “no formales” de intervención terapéutica, es decir, en un programa residencial podemos encontrar actividades grupales estupendas en clave de género pero luego si en el patio, espacios comunes o la hora del comedor se permiten comentarios sexistas o incluso se minimizan lejos estamos de transversalizar la mirada feminista.

Podríamos comentar muchos otros aspectos de como transversalizar la perspectiva de género que hacen referencia al diseño, como por ejemplo, las normativas y regulaciones de funcionamiento de los programas que dificultan que las mujeres accedan o permanezcan más en tratamiento (la limitación de comunicación con los/las hijos/as, la falta de coordinación con otras redes de atención, listas de espera únicas para hombres y mujeres, la falta de conocimiento como abordar un tratamiento con una persona no binaria). Por otra parte, en recursos mixtos también existe “el problema de la sexualidad”, es decir, como explica Martínez (2008):

“La sexualidad definida como problemática asociada a la presencia de mujeres es un tema recurrente en los talleres y estudios. La sola vinculación de la sexualidad a la presencia de mujeres es un acto injusto y cargado de prejuicios y minusvaloración hacia ellas, aunque no nos demos cuenta, porque: ¿acaso en la relación heterosexual participan sólo ellas? Sin embargo, el peso de nuestra observación sigue cayendo sobre las mujeres… y también nuestras valoraciones y juicios al respecto. Sólo se trata de llamar la atención sobre la perspectiva que nos lleva a afirmar, como de hecho se hace, que los problemas vienen porque “hay chicas” (pp.35).

En cuanto al abordaje de las relaciones, ¿Desde qué lugar intervenimos con todo esto cómo profesionales? ¿Qué normativa se aplica y a quien realmente penaliza? Hay que superar ya el discurso de “dependencia emocional” y pasar al de “socialización de género” para un abordaje justo en términos terapéuticos de estas cuestiones. Las relaciones afectivas entre personas heterosexuales afectaran a hombres y mujeres de manera diferenciada, pero no es viable dejar fuera de los tratamientos a las usuarias para evitar el problema de “las relaciones” sino que lo que se puede hacer es formarnos en cuestiones de sexualidad o incorporar a los equipos terapéuticos personas formadas en la materia para acompañar en el proceso terapéutico de manera integral sin caer en juicios morales.

No hay recetas mágicas para transversalizar la perspectiva de género, es un proceso en sí mismo que requiere tiempo, reflexión y espacios que lo permitan. De todas maneras, existen muchos indicadores que podemos cuestionarnos si cumple nuestro programa o no para poder seguir una hoja de ruta e ir trabajando con un objetivo claro, paso a paso. Es fundamental tener en cuenta que es un proceso, un camino que se va recorriendo y que transversalizar la mirada no radica en hacer acciones puntuales, sino que el enfoque de manera gradual debe ir empapando cada acción, documento, actividad y tarea que se realiza. Puede resultar abrumador planteado de esta manera, pero debemos tomarlo como un desafío prudente, de actuar con cautela entendiento y concretando acciones con la actitud abierta de plantearse y replantearse el “por qué siempre se ha hecho así” para pasar al “¿Cómo podemos hacerlo mejor para todos y todas?”, creando alianzas, construyendo conocimiento colectivo, y replicando buenas prácticas de quienes han pasado por este camino también.

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